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lunes, 12 de mayo de 2008

Mi ventana no da al mar


Mi ventana no da al mar. Mi ventana da al monte.

Desde mi ventana se ven tejados, azoteas, edificios más bajos y un poco a la izquierda alguno más alto. No es una ventana especial, no adornan su alfeizar macetas de fragantes flores ni son sus visillos de rico crespón, pero si levanto la vista se me llenan los ojos de traviesas golondrinas, de nubes retozonas, de luz y de sol y para ver más
allá, tengo que parpadear. Lo hago y veo uno de los pueblos costeros más bellos.
Ya no hay mucho espacio entre la pequeña villa y la costa, las casitas y pequeñas edificaciones van uniéndola al mar. Pero bello y todo como el lugar es,
es un cuadro muchas veces visto y uno se acostumbra pronto a lo hermoso y lo da por
sentado.

Lo que a mí me llama la atención, desde que llegué aquí es un corta fuegos, me fascina.

Es, como una gran cicatriz, como una autopista, por la que me ha visto circular con descapotable rojo y pañuelo de seda al viento, (visto en no sé que peli en blanco y negro) no recta como todos los corta fuegos, serpentea monte arriba, me atrae, y no sé porque.

Hace dos días decidí realizar lo tantas veces pensado. Subir hasta la cima por el medio del corta fuegos. Se lo dije a mis padres. Mamá: ¡que bobada hija, como se te ocurre¡ Papá: ve, cuando estés por el medio te vas a sentir la más tonta de lugar. Pero tú ve. Y fui. Con el coche hasta medía montaña y desde allí a la cima a pie. ¡Dios, parecía cerca¡ y el sendero limpio, si, si…tomillos y romeros, jaramagos de todas clases, zarzas que ni cuento, ramas y troncos secos, desniveles que tuve que salvar subiendo a cuatro, y con el calor, lagartos, lagartijas, una serpiente pequeñita que me detuvo en seco para darle paso. Y unas hormigas gigantes que intentaban comerme en cuanto me paraba. Caminaba lo más cerca posible del centro y no sé si por el cansancio o por qué, pero en unas de las veces que me paré y miré hacia abajo, hacia el mar, me vi exactamente como dijo mi padre, la más tonta del lugar.

Perseveré y llegué. ¡Que extraordinaria vista ¡ merecieron la pena los bichos, los arañazos, el sentimiento negativo, ¡todo¡ me habría quedado a vivir allí, pero se hacía tarde, tuve que descender. Tardé dos horas en subir, cuarenta minutos en bajar. Corriendo cuesta abajo sin descapotable ni pañuelo al viento. Aún tengo agujetas del descenso contenido. Me duelen los glúteos, el culo, vamos…, y las piernas y la tontedad que no sé donde está, pero me duele.

La próxima vez que mire por mi ventana me concentraré en las golondrinas alegres y las nubes retozonas y miraré mas, lo prometo, al bello pueblo de Mijas.

De mi libro de notas

Mi ventana no da al mar, al monte da.

Me apoyo en ella para mirar, para pensar,

Y en esos días en los que ni miro ni pienso o

Miro sin pensar, mi ventana le da un marco alegre a mi soledad.

Y por ella muchas veces veo pasar el viento,

Raudo, como si quisiera alcanzar al tiempo.

De LYS * ~