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jueves, 8 de mayo de 2008

Qué bonitas son las epopeyas...


Dido. Fue una princesa fenicia (cuyo nombre fue romanizado y cambiado por Elisa)

Cuenta la leyenda que huyó de la ciudad de Tiro porque tenía un allegado llamado Pigmalión con muy malas pulgas, el tal Pigma había dado buena cuenta de los parientes de la joven que parece ser tenían más derecho que él al puesto de manda más.

Dido se embarcó con sus partidarios y arribó a una ciudad del norte de África. En seguida le gustó aquella tierra pero no tenía donde quedarse. No era su tierra y los okupas ya eran mal vistos por aquel entonces.

De manera que poniendo cara de desvalida ingenua pactó con un reyezuelo que se quedaría con el terreno que abarcara una piel de buey.

Jo,jo,jo,jo ¡cómo se río el gordete reyezuelo! –vale, le dijo. Si quieres dormir de pie toda tu vida… - pero Dido sería lo que fuera, pero no era una insustancial, de modo que mandó cortar la piel en tiras muy finas y consiguió un terrenito lo suficiente grande para montar una urbe.

Reinaba Dido con gracia y donaire su ciudad. Pero, hete aquí que llamó a sus puertas un individuo llamado Eneas; un guaperas que venía huyendo de la quema de Troya

Dido cayó loca de pasión por el guerrero errante, una semejanza a Bratt Pitt con taparrabos. Vivieron una volcánica historia de amor, pero, ¿Que se puede esperar cuando tu suegra es venus? La casquivana y yaciente Venus… pues ná que el chaval salió tras unas voces que le impelían partir hacía Lacio donde fundó Lavinium, embrión de roma.

Dido acabó sus días inmolándose en una pira; exactamente como los últimos habitantes de Cartago, ciudad que según la legenda fundó.

Ah, que no…! ¿Que no fue así? Y…