Acrílico de Rafarl Martín
La señora de Grancey era muy dominanta. A parte de esa pequeña faltilla era muy virtuosa, sus amigos la querían y su marido la respetaba. Ya entrada en su segunda edad, le dio por leer. Empezó por las tragedias de Racine, quedó encantada del buen gusto que se desplegaba en ellas.Le dieron a leer a Montaigne, quedó también encantada con ese hombre que parecía charlar con ella y que dudaba de todo.
El abate de Chateauneuf la encontró un día encendida en cólera - “Qué os pasa señora? le dijo”
-Por por casualidad he abierto un libro que andaba rodando por mi gabinete: me parece que era una colección de cartas he visto en él estas palabras: -“Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos”. He tirado el libro.
“¡Qué decís, señora! ¿No sabéis que son las Epístolas de san Pablo?”
-No me importa de quién sean: el autor es un grosero. ¿Estaba casado?
“Sí, señora.”
- Si yo estuviera casada con semejante hombre, ya lo habría mandado a paseo.- ¡Sed sumisas a vuestros maridos! y ¿Por qué sumisas? ¿Me lo puede explicar? ¿Somos esclavas acaso? Cuando el señor de Grancey y yo nos casamos prometimos ser fieles, yo no he cumplido muy bien ni él tampoco pero no prometimos obedecer.
Desde luego la naturaleza no lo ha dicho: nos ha dado órganos diferentes a los hombres, pero al complementarlos no pretendía una esclavitud. Recuerdo bien que Moliére dijo:
Du cóte de la barbe est la toute puissance.
-Total, por cuatro pelos en el mentón, ¿Tendré que obedecerle con humildad? Sé bien que tienen los músculos más fuertes que las mujeres y pueden propinar un buen puñetazo.
El abate que era muy cortés se cuidó mucho de no contrariar a la mariscala
-A propósito, dijo ésta. ¿Es cierto que Mahoma sentía por nosotras tanto desprecio que pretendía que no éramos dignas de entrar en el paraíso y que tan sólo nos quedaríamos en la entrada?
“No, señora, no. Si así fuera los hombres se quedarían a la entrada también