Nada era suficiente para la orgullosa condesa.
Nada era bastante bueno, ni bastante exótico. Ella tenía que tener abundantes vestidos bordados en oro y plata confeccionadas con las telas más bellas traídas de las lejanas tierras de oriente. Sólo se dignaba mirar las joyas más raras incrustadas con piedras preciosas, perlas rosadas y diamantes. Sus zapatillas se confeccionaban con pieles de serpientes y con la piel de pájaros exóticos, sus capas estaban forradas con las pieles de zorros árticos y armiño, pero no había manera, tan pronto se las ponía una vez las descartaba y jamás se las volvía a poner.
Su esposo que la amaba muchísimo organizó un gran baile, se invitaron a los invitados más selectos, se seleccionaron las viandas más ricas, las flores más bellas, sin embargo la condesa no participo en nada, estaba tumbada en su diván mirando lánguidamente al vestido de seda rosa, ligero cono una brisa de verano. -El vestido es lindo, no lo puedo negar, ¿Pero con qué me lo pongo? No tengo absolutamente ningún zapato que le haga juego.- Los mejores artesanos fueron citados a palacio, pero nada, no acertaban a complacerla.
Un día vio las dos rebanadas de pan con mantequilla y miel que su doncella le había servido para desayunar y se imaginó unos zapatos hechos de masa de pan. El panadero mayor trató de disuadirla, pero no hubo manera, el pobre panadero mientras le confeccionaba los zapatos pensaba que una familia podría vivir muchos meses con el pan que se estaba desperdiciando, era un capricho realmente impío. Una cosa era cierta, ¡Nadie habría visto unos zapatos semejantes!
Cuando entró en la gran sala de baile todo el mundo dijo ¡OH! Y un apuesto y misteriosa galán la colmó de atenciones, ella, coqueta y vanidosa como era, se dejo agasajar y bailó mucho con él. Sonó un vals y el misterioso caballero la cogió de la cintura y al compás de las notas se la fue llevando por los largos pasillos hasta el sótano, cuando ella abrió lo ojos, sintió miedo pero en ese momento le dijo: ¡Mira tus zapatos! Y horrorizada vio como ardían en llamas.
El oscuro caballero se cruzó de brazos y entornando los ojos la vio morir abrasada. Se dice que la pobre condesa todavía sigue aullando por los pasillos del palacio. ¿Y el misteriosa caballero? No podía ser otro que el diablo.
Pasen un maravilloso fin de semana. Cuídense, por favor.



