“Ema”. Emita, siempre fue Emita y Manuel que siempre fue Manuel, llegaron a nuestras vidas, un día no sé cuando de no sé que mes. Vinieron a nosotros desde Santiago de Chile. Nacieron en Uruguay.
Mamá que andaba metida en asistencia voluntaria para la comunidad española, trabó amistad con una joven que quería traer a sus padres, mas, debido
al requisito gubernamental, que requería el hacerse cargo, incluida vivienda
de todos los familiares reclamados por espacio de cinco años, se lo ponía difícil.
Ella vivía con su esposo y un hijo en un apartamento de una habitación.
La adaptación a tan distinto modo de vida y la añoranza que sentía, tenían a esta joven con depresión y profunda tristeza. Mamá después de convocar asamblea general, y una vez que obtuvo votación unánime le ofreció a Gema, (así se llamaba la hija) como solución temporal, la caravana que teníamos aparcada en una esquina de la parcela.
No recuerdo los pasos siguientes, pero una tarde mamá se presentó con una pareja a las que presentó como “Ema” y Manuel.
Ema, menudita, escasa de carnes, pómulos marcados, ojos achinados como dos huesos de aceitunas e igual de negros. Enmarcaba su rostro una abundante, nívea y bien cuidada media melena con una honda que la caía sobre la ceja derecha. Caminaba con pasos ligeros y menudos y sus movimientos eran decididos y gráciles. Tenía sesenta años y representaba, sesenta años.
Manuel, de mediana estatura, pelo negro como ala de cuervo, cara agradable y sonrisa perfecta, un pelín demasiado perfecta, (gracias, nos dijo, a un hijo mecánico dentista) su tez, dorada y tersa. Era verano y un detalle que le llamó la atención a mi hermano mayor, fue la total ausencia de bello corporal. Vestía como un dandy. Tenía sesenta y cinco años. Representaba como mucho sesenta.
Casi sin darnos cuenta se integraron a nuestra familia hasta el punto de que llegaron a ser para nosotros los abuelos que un día dejamos atrás. Cada uno de nosotros guarda de ellos un cofre lleno de sus dichos, sus regañinas, sus besos, sus anécdotas.
Nos contó mamá que pasado un tiempo ella quiso recompensar económicamente sus muchos desvelos por nosotros y un día puso delante de Ema un sobre que contenía dinero y una tarjeta llena de palabras cariñosas y de agradecimiento. Ema cogió el sobre lo abrió y mirando a mamá a los ojos le dijo: -hija, he criado a nueve hijos, la mayor parte del tiempo con extrema escasez y penuria, pero nunca entré en el servicio doméstico- y empujó el sobre hacía mamá dejándola, colorada de vergüenza, se dio cuenta Ema y sacó del sobre la tarjeta, la leyó, y con lágrimas le dijo a mamá que ella nunca podría pagar la oportunidad que ella le había dado de poder estar cerca de su única hembrita, como ella llamaba a su hija. De esta manera quedaron sentadas las bases sin ningún tipo de equivoco en el futuro.
Ema, era muy severa con nosotros, no nos dejaba pasar ni una, me atormentaba en su empeño en que mi largo pelo estuviera siempre trenzado, regañaba a mis hermanos y los visitaba todas las noches cuando se acostaban y les decía: las manos fuera, quiero ver sus manos fuera de las sábanas. Siempre nos llamaba de “usted” incluso a mí que era una mocosilla de ná.
Se levantaba con el alba y leía la Biblia. Nos enseñó a memorizar muchos pasajes de los salmos y los evangelios. Un día papá la dijo medio en broma que quería que fuéramos libres y que nadie nos metiera dogmas en la cabeza; ella le contestó:
-usted decide, pero sólo sabiendo lo más posible serán libres.- Papá la dijo que tenía razón.
Cultivo un huerto pequeñito en el que plantó hierbas y arbustos, tomillo, romero, menta y poleo. Hierva Luisa y una planta horrible que olía peor llamada ruda con la que lo curaba todo menos los pies planos. Nos esperaba siempre con tortitas de miel o budín de pan que nos encantaba, o deliciosos bizcochos de calabaza. -Para los gurices hambrientos- decía. Sabía adivinanzas sin fin y juegos que hacía que el televisor fuera un aparato aburrido. Nos contaba sin rencor, como ella y su hermano se quedaron huérfanos y como su hermano un día cuando ella tenía diez años la regalo a una señora y se fue para nunca regresar. Como cuando tenía catorce años, Manuel de diecinueve la vio jugando en la calle y tres meses más tarde se vio casada con el, otro niño.
Nos hablaba de Santiago de Chile, de los Andes, de que es Santiago tan empinado que tomaba ascensores para subir de una calle a otra, de que fue madre con quince años y de que Manuel que trabajaba en otro pueblo venía una vez cada tres años la preñaba y no regresaba hasta tres años después para repetir y así hasta nueve. Y es que Manuel, parece ser que fue hombre tranquilo, padre irresponsable, muy dado a pensar en si mismo, Ema decía de el, que había sido un padre “distraído” pero que era un abuelo irreprochable. Y eso fue verdad los niños lo adorábamos y el tenía una paciencia infinita. Vivieron con nosotros seis años. Los dejamos atrás, muy lejos.
Emita ya no es, partió definitivamente hace tres años, Manuel vive. Lo llamo todos los meses, sigue vistiendo como un dandy y me sigue oliendo a Paco Rabanne a través del auricular.
P.D.
Desde que se nace, se tiene la seguridad de que se va a morir.
Se mueren las flores, los gatitos siameses, la roca más dura se convierte más tarde o temprano en polvo, nada se salva, pero solo los humanos tenemos conciencia de que todos y cada uno de nosotros completará ese ciclo un día.
Nos da miedo, asusta.. Ante la perdida de un ser amado o conocido nos volvemos niños otra vez y no nos da vergüenza llorar.
Ni las riquezas ni el poder pueden revertir la perdida.
Lloran los sabios de desconcierto, los intelectuales de no encontrar el porqué, los fuertes de rabia, los débiles de impotencia…
El verbo llorar de conjuga al completo.
Yo lloro. Se fue Manuel.