
El cielo y el infierno no existen, al menos no en el sentido tradicional. Los cielos no están habitados por personajes etéreos vestidos con largas ropas blancas tocando la lira,menudo infierno sería eso...
El cielo y el infierno son metáforas, y de hecho son tan buenas que funcionan hasta para los incrédulos. En eso reside su fuerza: ejercen poder sobre los actos, los pensamientos, y la imaginación de muchas personas. Pero yo he visto el infierno, sí, lo he visto y es... algo así como un gran club que ocupa una gran manzana en medio de la nada.
En el piso superior están los buenos, los, inteligentes, los gregarios. Todos los que murieron pensando que nunca cometieron pecados. Gozan de su propia compañía. Se lo imaginan... para siempre!
Un poco por debajo de ellos estás los diseñadores gráficos, parásitos de internet y los asistentes sociales, directores de O.N Gs... su pecado: el orgullo desmedido. ¿ Su castigo? La uniformidad. Todos vestidos a la moda exactamente igual. Perfectamente insufrible., también andan por allí los sibaritas comiendo comidas presentadas de forma fascinante, pero sin sabor. Hay un apartado para aquellos que se han permitido ser victimas, como algunos hombres y mujeres que se han casado por intereses con personas sin ninguna catadura moral. Y otro para para aquellos que siempre han hecho lo “correcto” sin jamás escuchar consejo.
En un nivel más bajo están reservado para los santos, ganadores de premios Nobel y los héroes, todos padecen de espasmos convulsivos de sus propias mentes, por que eso sí, no hay brasas, llamas,potros de tortura o pozas de excrementos. Las torturas más crueles fueron siempre mentales.
Los santos se contorsionan pero no por los látigos y clavos, si no por sus demonios personales.
Muy, pero muy por debajo de todo vi a los directores, ejecutivos y consejeros de banca, nadie se metía con ellos tan sólo estaban sentados ante enormes cofres contando dinero, pasándoselo de unos a otros por toda la eternidad. Nada nuevo. Su castigo: contemplar a millones de niños y hombres morirse de hambre, y sentir el hedor de los cuerpos que se apilan hasta sus mismas narices. Nada nuevo, pero ahora los ven y los huelen.
Como ya lo he dicho todo es una metáfora.
