
Me hace falta escribir un poema
Donde pueda crecer en paz un niño
Que yo quiero escribir, que me hace falta…
Que no me sale.
P.D.
Hay tanta soledad en ese azul. La luna de las noches no es la luna que vio el primer Adán. Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo. De Borges

Me hace falta escribir un poema
Donde pueda crecer en paz un niño
Que yo quiero escribir, que me hace falta…
Que no me sale.
P.D.
Os quiero contar una historia, historia que, a diferencia de muchas otras que os he contado no es ficción. Ya la colgué en otro blog en el cual colaboré como invitada. El profe, por cierto que , ¡hay, que profe! Nos embarcó a toda la clase en un proyecto sobre las pluviselvas, concentrándose en la isla de Tasmania, nos mostró viejas fotografías en sepia de bosques milenarios, y árboles impresionantes. Nos habló de cómo aquellos bosques habían sobrevivido a si por el cuidado de unos miles de aborígenes, ya que durante miles de años los nativos usaban, pero no abusaban de sus recursos naturales.
Uno se llevó el secreto a la tumba el otro cayó en la tentación de contarle el secreto a su nieto,
Sí, el hombre tiene muchas razones para llorar.
Imagino miles de aves errantes sin hogar.
Flor de té Se llevó le botella a la boca y dio unos inestables pasos al frente. Resbaló, y su exabrupto se perdió en el estampido de la botella al estrellarse en el oscuro empedrado. Lloró, porque esa botella, y muchas como esa antes, la ayudaban a olvidar cosa del pasado lejano, porque del pasado cercano se cuidaba mucho de no recordar
Flor de té, así la llamaba su madre, su querida madre. Nunca ella vio una flor de té, pero se lo oyó decir a la señora de la casa grande y le gustó. Se llevó la mano a la cara, ¡allí, allí estaba la asesina de su madre! Y ella había sido castigada con la pena de vida y con la presencia de aquella maldición.
Su querida madre había muerto de viruela cuando ella tenía dieciséis años dejándola a ella terriblemente enferma entre la paja del establo. Allí vivió, alejada de la casa principal, su cara era demasiado desfigurada para exponerla a la vista de la familia y las visitas. Durante varios años se movió entre establo y establo, viviendo de lo que le daban a cambio de su precioso y núbil cuerpo.
Uno de los hombres que pasaron por la zona la trajo a esta maldita ciudad y la puso a trabajar en el puerto, su cara no era bonita y su cuerpo perdió la lozanía pronto. Tenía que compensar su falta de atractivo trabajando más y protestando menos.
Cada día le reprochaba a su madre el que no le la llevara con ella. Nunca se lo perdonó.
Y entonces descubrió el aguardiente. Se apoyó en la pared y se dejo resbalar hasta el suelo. Se le nublo la vista y un ruido como de batir de alas de un insecto empezó a zumbar en su cabeza. “Me está entrando el horror del aguardiente” se dijo. Levantó una mano y temblaba. Empezó a llorar. Vio una sombra delante de ella y levantó la vista, oyó decir “¿Lo haces? Su primer impulso fue decir “No, no me siento bien” Pero vio la moneda que relucía entre el índice y el pulgar del hombre y necesitaba aguardiente. Se levanto y dijo, “vale” En ese mismo momento una garra atenazó su garganta y vio el infierno en los ojos del hombre, su brillo atravesó su alma (cosa que ella ya había olvidado que tenía) y sintió que el fuego tiene en su caleidoscopio el azabache más profundo.
Dejó de sentir. El hombre, cuando se cayó al suelo, le dio una patada con el pie y la miro a la luz de la luna. “Me equivoqué, no es ella.” Le dio una última patada y dijo:”Bah,
una puta menos”
Desde el mismo día que abrió los ojos y respiró su primera bocanada de aire, Rodrigo no dio cuartel. Fue siempre un paquete lleno de rabietas, mocos, y despotismo. Despotismo acunado y alimentado por la “menua” que siempre sintió que le debía disculpas por ni ella misma sabia que.
Aparte de colaborar con empeño en convertir su vida familiar en un infierno, era también un redomado embustero, embustes que tenían siempre a la “menua en cruzada constante para demostrar lo que era indemostrable. Se lo dije a mi mujer. “este zagal es un delincuente, carne de presidio y si no, al tiempo” y el tiempo hablo.
“la menua” casi se ahoga con su propia lengua. Félix, miró al suelo y dijo: “no tengo palabras”, y repitió llorando, “no tengo palabras”. Se levantó y dirigiéndose a la alacena, de un tarro sacó un fajo de billetes y dijo, “toma, cómprate otra.
Os juro que de no ser por la pena que sentía por mi canelita, el momento habría valido la pena, fue la primera vez que vi a Félix echarle dos cojones a la “menua.”

! Vengan y escuchen, lo que yo, Eladio, el único amigo que le queda a Félix tengo que contar de Rodrigo, mal haya su nombre… y vean si no se les ponen los vellos de punta y les entran ganas de vomitar!
PERO ESO SERÁ OTRA HISTORIA
No hace ni cuatro meses que ha muerto y ya me he comido todo el contenido del congelador, hasta los guisantes me he comido, algo que en otras circunstancias ni lo habría considerado.
Viky, murió de cáncer de pulmón no hace cuatro meses. Tan sólo tenía cuarenta y cinco años. Demasiado joven para morir. Solía decirme, -Lo que es bueno para ti lo es también para mí, dejaré de fumar cuando tu dejes de beber.-Mi suegro decía que nos alimentábamos los vicios recíprocos, y realmente no sé por que lo decía, porque nunca me consideré un gran bebedor, tan sólo bebía cuando lo necesitaba.
Pero Viky murió, y le cruzaron las manos sobre el pecho –Nunca la vi dormir en esa posición- . Me contestaron que así se hacía con los muertos.- Vale, -Dije- y delicadamente le puse las manos de modo que sus dedos manchados de nicotina no fueran tan evidentes.
¡Dios! Si la hubieran visto en el hospital… lacia como un trapo, cadavérica, y con esa tos… si alguna vez quieren sentirse impotentes como un bebé, siéntense un ratito al lado de una persona a sí. Cada vez que tosía sentía un tremendo escalofrío y cuando me marchaba y me inclinaba hacia ella, para besar aquella frente macilenta, ella ponía los dedos índice y corazón sobre sus labios y la primera vez que lo hizo no pude entender si lo que me pedía era silencio o si me tiraba un beso. La comprendí. Me pedía un cigarrillo.
Es depresivo, lo sé. Sin embargo los estudios recientes nos muestran que cada vez más mujeres mueren de cáncer de plumón y cada vez más jóvenes. En fin, no se donde esta la solución, pero me inspiró este pequeño relato. El que tenga oído que oiga.

Érase una vez
Un miembro de la tribu se presentó furioso ante el gran jefe para informarle que quería venganza inmediata. Lo habían ofendido gravemente, quería matarlo inmediatamente sin piedad. El jefe le escuchó atentamente.
Haz como has pensado – le dijo- pero antes ve y fúmate una pipa con calma debajo del árbol sagrado-
El hombre cargó su pipa y se fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el gran jefe.
-Lo he pensado mejor- le dijo al jefe- Me parece excesivo matar al que me ha ofendido. Lo que voy hacer es darle una monumental paliza para que nunca se olvide la ofensa que me hizo.
Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que, ya que había cambiado de opinión, llenara otra vez la pipa y se sentara a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre estuvo fumando y meditando durante media hora. Después regresó a donde estaba el cacique.
-Pensándolo bien- dijo-, quizás sea excesivo castigar físicamente a mi enemigo. Lo que voy a hacer es ir a su casa y echarle en cara su mala acción, haciéndole pasar vergüenza delante de todos.
Como en otras ocasiones, fue escuchado con bondad, pero el anciano le pidió que regresara y se fumara otra pipa. El hombre, ya medio molesto, pero mucho más sereno, se dirigió al árbol y allí sentado fue convirtiendo en humo su tabaco y su ofensa. Cuando terminó, regresó al jefe y le comunicó.
-Pensándolo mejor, veo que la cosa no es para tanto. Iré y le daré un abrazo. Así recuperaré a un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho.
El gran jefe sonrió, le regaló dos cargas de tabaco y le dijo: ve.
Supongo que la lección es: controla. Deja que tus emociones se manifiesten y permite que desaparezcan. Es un constante flujo el que se apodera de nosotros constantemente, que no debemos bloquearlos, pero tampoco acelerarlos.
El miedo llamó a la puerta. La confianza contestó:
¿Quién es?
Y el miedo desapareció.
Proverbio chino.